21 may 2012

La Negación Humana

Decir NO.

Ha sido muy triste darme cuenta de las negaciones que yo misma me había impuesto y enterarme de los largos años que llevaban conmigo.

Recuerdo perfectamente la edad con la que empecé a decir NO.
Tenía sobre los ocho años, mi cabeza estaba bien amueblada, entendía mucho más que cualquiera a mi edad (eso es algo de lo que podré enorgullecerme toda la vida) e inconscientemente dicté unas normas en mi vida y tapé con piedras unos caminos que no iba a darme el lujo de explorar.

¿Por qué?
Sencillamente porque yo no me creía una chica capaz de hacerlo.

El sobrepeso me ha acompañado desde siempre, y fue por eso que empecé a decir NO.

No a salir con chicos.
No a salir de fiesta.
No a vestir sexy.
No a las faldas por encima de la rodilla.
No al maquillaje.
No a los tacones, ni al escote.
No a merecer el amor de nadie.
No a ser reconocida.
No a que me admiren por lo que soy.

Simplemente era NO.

Una negación impuesta por una niña avergonzada de su peso.
Y “el querer y no poder” empezó a crear en mí una ansiedad imparable. ¿Quién iba a querer a una chica gorda? ¿Quién querría tenerla en su grupo de amigos para ir a la discoteca? ¿Qué clase de falda podría quedarle bien? En la edad del pavo y con una oculta depresión todo empezó a enredarse en mi cabeza.

Hace apenas tres días que me dí cuenta de todo esto. Fue triste.
Yo quería salir de fiesta, tener amores y desamores, probarme trescientas faldas y maquillarme divinamente…
Pero desde mi infancia había dicho NO.

Ahora algunas cosas se han suavizado, y aunque no haya ido todavía de fiesta y me siga negando a las faldas, espero encontrar una forma de tratar esta vergüenza que ha marcado tan profundamente mi vida hasta volverme depresiva.

Lo más paradójico es que me cuesta muchísimo decirle ‘no’ a la gente y yo misma me he negado todo.

5 ene 2012

Ociosidad pre 2012

Cuando vas a comprar en fechas tan señaladas como la navidad, no se te ocurre que en cada rincón de tu centro comercial aguarda un monstruo dispuesto a atacarte hasta destruir tu moral. No te das cuenta porque vas a los tuyo, pensando en cosas de la rutina, rutina por la que hace dos semanas que ya ni te miras al espejo más que para pintarle los labios.


Entras a ese almacén de ropa comunmente llamado Primark y tras rozarte con todo tipo de gente, de extraviar varias veces a quien te acompaña y de no perder detalle de la sección zapatillas de estar por casa, terminas en la kilométrica cola de los probadores con una cesta que pesa más de lo que podías imaginar para cuatro trapos. Estos sitios tienen un sistema bastante... Patético respecto a las prendas con las que puedes entrar a esa estrecha cabina llena de espejos y una cortina, pero no pasa nada, solo llevas dos cosas que te quieres probar así que sin problemas pasas y te vas a tu lugar de siempre, que apenas tiene gente. Eres alguien de costumbres fijas.


Entras en ese habitáculo, cúbico y claustrofóbico, hasta el culo de cuchicheos y conversaciones ajenas y dejas las cosas en el banquito si tienes la suerte de que hay uno. Es entonces cuanto tú, insensata, te giras ante esa guillotina llamada espejo. Retrocedes un paso de la impresión, tu mirada quiere huir pero estas atrapada por tres espejos y no podrias decir en cual te ves mas horrorosa.


Sin saber cómo, tu pelo parece sacado de una pelea de pájaros, el sudor de cargar las bolsas, mas la gente, mas la calefacción a toda pastilla, han hecho estragos con tu escueto maquillaje, pero lo que te alarma no es eso... ¿HACE CUANTO QUE NO TE MIRAS EN EL ESPEJO? Te acojonas, realmente no tienes idea de como puedes salir de casa así. Ves tus kilillos de más multiplicados e inexplicablemente te fijas en que tienes los pies muy pequeños. Desde ahí el desastre... Encuentras tanta cantidad de fallos en ti misma que terminas por salir corriendo, maldiciendo a la navidad y sus compras, esperando no encontrarte con ningún asesino en cuya superficie te reflejes.

22 dic 2011

Forbiden




Y hoy, así de la nada... Te das cuenta.
Por cosas de la vida, peleaste con tus padres, pasaron meses de problemas infinitos y lograste irte de tu casa. Ahora vives con tu novia. Eres feliz... La amas.
Pero es tu primera vez, nunca has convivido con nadie y existen esos detalles incómodos, por ejemplo cuando vas al baño y tienes ganas de... Cagar.

Si, tú lo sabes, tienes vergüenza y prefieres hacerlo siempre a escondidas.
De vez en cundo visitas a tus padres y un buen día. ¡Ups! Tienes que usar su baño y piensas: “¡Al fin voy a poder cagar a gusto!” Pero esto no ocurre.
Entras tranquilamente, feliz, te bajas los pantalones, te sientas en el trono y...
Miras a tu alrededor. Ves te fijas en los detalles que tu hermana ha puesto para decorar el baño y que este está precioso. Admiras donde han gastado el dinero que ya no se gastan en mantenerte y ciertamente ves que el baño ha sido reformado muy bien. Te pones a pensar y terminas sintiéndote justo lo que planeabas hacer allí, una mierda. Sientes ese susurro en tu cabeza que te dice que lo que estás haciendo está mal, pero sigues cabezota queriendo convencerte de que no, que de todas formas esa también es tu casa. Pero entonces ocurre algo que no esperabas. Esa ya no es tu casa porque no eres capaz de cagar allí. Te da vergüenza porque eres una extraña que ya no pertenece a esa casa. Así que, con el culo apretado de indignación, te vuelves a subir los pantalones y pones cara de circunstancia con tu familia las horas que te quedan hasta volver con tu novia, a tu casa, a poder cagar algo cohibida pero sin sentirte una mierda.